Proverbios 1


"El temor del Señor es la base del verdadero conocimiento, pero los necios desprecian la sabiduría y la disciplina" vs 7




Al leer este versículo pensaba que en la vida nos toca vivir muchas relaciones. Algunas de estas son importantes y nos marcan para bien, otras no tanto; pero aun de esas creo que podemos aprender. Cuando se trata de Dios, he aprendido con el tiempo, que esta es la relación más importante que puedo tener, entre otras cosas por que es Él quien se ha relacionado conmigo aun antes de mi nacimiento. Antes que mi madre me sintiera y mucho antes que me viera, Dios ya me había visto, tenía un Propósito para mí. 

En este proceso con Dios, personalmente he experimentado distintos sentimientos: a veces he estado entusiasmado, muchas veces indiferente, en otras he sentido mucho amor, y en otras ilusión, también he experimentado el miedo, y el temor, etc.
Hoy recuerdo que mi relación con Dios debe basarse en primera instancia en el temor. Si quiere conocer mas de Él debo partir temiéndole. No hablo de un temor que solo respeta, la Biblia me habla que muchos hombres que tuvieron una experiencia con Dios "cara a cara" creyeron que morían en el instante, por ejemplo Isaías 6:5.

Dios si lo pensamos bien es terrible, es inmenso, la Biblia lo reconoce como sublime, alto, etc, etc, etc., y al lado de mi pequeñez no puedo sino recordar que no soy nada ante Él. Es solo su amor lo que me mantiene en pie, por Él vivo, por Él respiro, bastaría solo su pensamiento para que mi vida, sueños, anhelos y muchas cosas mas dejaran de ser.

Preguntas para meditar: ¿Me relaciono con Dios de una manera que a él le agrada? ¿A veces me relaciono con Dios con cierto dejo de arrogancia?

Carta a Diogneto

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Encontré esto por ahí, me pareció muy interesante. Es una carta de un cristiano anónimo del siglo II d.c., dirigida a un pagano llamado Diogneto . Describe como vivían los cristianos del II siglo. Que desafío no… hay mucho que sacar.

“Los cristianos no se distinguen de lo demás hombres ni por su territorio, ni por su lengua, ni por su vestimenta. No habitan en ciudades propias, no usan un lenguaje particular ni llevan un género de vida especial. Su doctrina no es fruto o conquista del talento y especulación de hombres estudiosos; ni profesan, como hacen algunos, un sistema filosófico humano.

Viven en ciudades griegas o bárbaras según le ha tocado en suerte a cada uno, siguen las costumbres de los habitantes de cada país en el vestido, la comida y el resto del vivir. Sin embargo, dan muestra de una forma de vida admirable y, al decir de todos, increíble. Habitan en sus patrias respectivas, pero como forasteros; participan en todo como ciudadanos, pero comportándose como extranjeros. Toda tierra extranjera es patria para ellos y toda patria es tierra extranjera.
Se casan como todos y engendran hijos, pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho. Viven en la carne, pero según la carne. Pasan su vida en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Obedecen a las leyes establecidas, pero con el tenor de su vida superan las leyes.

Aman a todos, y todos los persiguen. Se los condena sin conocerlos. Se les da muerte y con ello reciben la vida. Son pobres y enriquecen a muchos; carecen de todo y en todo abundan; hacen el bien y son castigados como malhechores; los Judíos los combaten como a extraños y los gentiles los persiguen. Sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben explicar él, motivo de su hostilidad .

Para decirlo en una palabra, los cristianos son al mundo lo que el alma es al cuerpo. Esta en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en todo el cuerpo, pero no, procede del cuerpo; así, también los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma ama a el cuerpo y a sus miembros, ha pesar de que éste la aborrece; Del mismo modo, los cristianos aman a los que los odian. Tan importante es él puesto que Dios les ha asignado, del que no le es licito desertar.”

Humildad

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Estoy convencido que muy pocos leerán  esta entrada con expectativas. El  titulo lo dice todo; ¿a quien le gusta ser humilde cierto? que lo destaquen por esa virtud, y alegrarse de eso, es una contradicción gigante digna de ser pensada demasiado para este aprendiz de escritor.

En estos días he estado frente a una disyuntiva gigante, que en mi fuero interno es crucial, ya que tiene que ver con mi Propósito, eso para lo que se –ojo con eso- existo.

Seguir o no, ser o no ser, ha estado como nunca antes en mis atolondrados pensamientos, tropezándose con distintos pensamientos e ideas.

Se que mucho de lo que nos pasa, es responsabilidad de otros, pero hoy debo reconocer mi culpa, y el no haberles enseñado la virtud necesaria para alcanzar el cumplimiento de nuestros sueños.

Sabíamos que el camino iba a estar lleno de barreras , era una obviedad, después de tanto masticar ideas, Dios nos dio una visión, pero me falto humildad para explicarla.

Hoy, Dios me hablo, me demostró cual era el problema y no queda sino arrepentirse y reconocer que no afectaremos a nuestra generación sin humildad.

Decido seguir soñando

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Como lo pensé y escribí hace muchos años atrás. Escribir es para mi una terapia, me aclara los pensamientos, es así como desenredar un ovillo de lana, que en este caso esta demasiado enredado. Necesita tiempo pero vale la pena.

Hace poco viví en carne propia el dolor que produce la daga de la desilusión.  Eso de que lo que se siembra se cosecha, no es un chiste, es verdad. No se si será que ha todos nos toca pasar por todas las experiencias y eso inevitablemente hace que se desencadenen un sin numero de situación que nos tocan a todos. A mi ahora me toco la desilusión, llego  de a poco, pero aun así no estaba preparado. Es terrible ver caerse lo que uno construye en sus sueños, que difícil es perder la esperanza. Uff quien lo ha vivido me entenderá.

Bueno el tema es que la desilusión es dolorosa.  Cuando utilizo la figura antigua de la daga,   lo hago en alusión al sentimiento fuerte que produce esta experiencia. Literalmente se siente el corazón siendo atravesado, y la cura no esta cerca, el tiempo, solo el tiempo cura una herida de estas. Es una difícil situación. Así se me hace necesario aprovechar la situación para  pedir perdón. Perdón  a todos quienes de una forma u otra he desilusionado, dañando con una daga involuntaria su corazón y esperanzas puestas en mi.

Leyendo por ahí, me llamó la atención la peculiar receta que daba alguien para nunca desilusionarse. Él decía; para nunca desilusionarse, uno nunca debía esperar nada de nadie.  Era algo así como un ermitaño de la confianza y las esperanza. Una especie de deshumanización, que debo reconocer a veces he pensado cultivar. ¿Como sería no creer en nadie? ¿Vivir una vida absolutamente solo en lo que se refiere a confianzas? Sin duda mas terrible, que la dolorosa experiencia de la desilusión.

A pesar del dolor que aun siento, ahí en mi viejo corazón jajá, he decidido seguir soñando.  Quiero seguir esperando las noches para imaginar cosas. Es un ejercicio que hago de niño. Me imagino en las mas increíbles aventuras, alcanzando las montañas mas altas, siendo el héroe de diferentes situaciones. Imagino a mis hijos, los que aun no tengo  pero que espero tener, imagino mi vejez; me veo leyendo un buen libro, amando a esa mujer y escuchando el sonido de mis nietos mientras juegan en un mundo mejor que el que me toco a mi,   y siempre, siempre termino diciendo la siguiente frase: “Ayúdame Señor, que se haga tu voluntad, tu sabes lo que es mejor”. Se que nada de lo que sueñe podre alcanzarlo  sin Él. 

Limones con sal gruesa


La vieja casa de adobe con olor a humo; los patos que nadaban en el canal cristalino rodeado de flores y pastizales verdes de afuera de la casa, los pequeños patitos amarillos que despavoridos corrían detrás de su madre, cuando yo sigilosamente los ahuyentaba para ver como corrían; las gallinas gruesas que deambulaban esperando el "mai, mai, mai" de la tía Norma, cuando las llamaba a ellas y a sus pollitos a comer; el olor del maíz machacado sobre la tosca mesa de madera que servia para todo; la harina tostada con hielos grandes, que nos esperaba después de ir a buscar mora; el pan amasado grande que en la mayoría de las ocasiones estaba hecho con huevos de casa; mi mamá siempre ahí, acompañándome.

Esto es parte de mis mas lindos recuerdos de infancia. Peñuelas; localidad rural de Linares cuna de mi familia paterna. Durante un tiempo cada verano muy temprano partíamos de San Jose hacia la estación de trenes de Santiago. Una vez ahí, tomábamos el tren que en cinco horas nos llevaría hasta Linares. De ahí, después de pasar donde la tía Ines, tomábamos una vieja micro empolvada; entre gallinas, chanchos y agradable gente de campo, emprendíamos rumbo a Peñuelas. Al llegar, casi siempre nos esperaba Juanito, quien con mucha simpatía nos ayudaba a bajar los bolsos. La micro nos dejaba frente a la casa, exactamente frente al portón grande de madera que me encantaba abrir.
Lo pasaba tan bien... era feliz con solo pisar esas tierras. La remolacha, el campo, jugar naipes, el agua de noria y el limón. Nunca me voy a olvidar del limón que estaba detrás de la casa a un costado del gallinero. Daba unos limones grandes, bien amarillos, con una cascara gruesa que escondía el fruto exquisito . Los comía con sal gruesa que la tía tenia en su cocina. Cada vez que nos tocaba dejar esa entrañable casa y regresar a Santiago, sacaba unos cuantos antes de despedirme del tío Juan, quien me daba su manos áspera y cálida. Con varios limones en el bolso le daba la mano a mi mamá que en su cara demostraba estar siempre contenta de acompañarme.

Hoy no se si mi mamá lo pasaba tan bien como yo en el campo, la verdad lo dudo, hoy que entiendo que la vida es mas que comer grandes limones con sal gruesa.Estoy casi seguro que ella no lo pasaba bien, pero ahí estaba acompañándome.

Si me dieran a elegir, preferiria seguir comiendo limones con sal gruesa en compañía de mi mamá.

¿Reality o realidad?

Columna de Cristián Warnken.

Sin duda increíblemente cierto, léanlo y comenten.

Todo tiende a convertirse poco a poco en un reality . Primero fue la vida privada de jóvenes ansiosos de ser voyerizados. Los pioneros fueron los artistas de la fama. Los han seguido los políticos (ellos también convertidos hace tiempo ya en artistas de la fama), algunos militares, y ahora hasta a la historia de Chile se la quiere convertir en reality . Dentro de poco no quedará realidad, sino puro reality . Sí, porque éste no es la realidad, aunque quiera suplantarla o hacerse pasar por ella. El reality es el reflejo de un deseo profundo y ahora desbocado de hacer pública y visible la intimidad, la privacidad, lo que normalmente el hombre ha luchado por preservar de toda forma de espionaje o control. Ahora todo quiere ser "visto", mostrado, y estamos a pasos del asesinato definitivo del misterio y del pudor. Cuando el reality se haya apoderado de la realidad, muy pocos serán los que hayan preservado su intimidad y secretos intactos. La realidad colectiva será un gran festín narcisista en que nos devoraremos unos a otros, las imágenes proyectadas en el gran espejo narcisista de la Nada.
Pero el reality es sólo la punta del iceberg de una transformación mucho más radical, que terminará por modificar el paisaje humano más que cuanto el calentamiento global modificará el paisaje de la Tierra.
Me imagino la siguiente Utopía feroz: los últimos defensores de su propia intimidad huyendo de las ciudades y refugiándose lejos del alcance de las cámaras. Personas sin correo electrónico, no adscritas a Facebook, sin celular, desaparecidas para un mundo saturado de imágenes, mensajes de texto, reality sin fin. Ellos serán los "marginales" de La Gran Copucha cósmica a la que quedará reducido el mundo, el gran Ahora en que todos estaremos conectados al mismo tiempo, espiando por los millones de ojos virtuales disponibles las conversaciones más confidenciales, las idas al baño de los ídolos, los juegos íntimos bajo las sábanas de submentales convertidos de la noche a la mañana en referentes nacionales (e internacionales).
Ellos -los que se resistirán a estar "conectados" y en un reality - serán la última reserva de misterio y silencio. A ellos iremos a buscar cuando nos demos cuenta, tarde, de que hemos perdido el Aquí. Ese que -según los grandes sabios de todas las tradiciones- es el gran tesoro del hombre y su permanente conquista interior. Sí, porque el Ahora devorará el Aquí. Hoy ya podemos tener un primer atisbo de esto cuando el ringtone del celular interrumpe la conversación que estamos teniendo con alguien en ese instante. Cuando lo contestamos, hemos sacrificado un "aquí" por un "ahora" con alguien que está en otro lugar. ¿Por qué ese "aquí", único e irrepetible, debe ceder paso a la llamada invasiva, muchas veces sin importancia? El celular, que debiera ser un magnífico medio para comunicar urgencias, se ha transformado en nuestro carcelero al que pagamos una vez al mes elevadas cuentas para que nos quite la libertad de vivir con el tiempo y la pausa que se merecen los "aquí" de cada día.
El reality es el gran Auschwitz del Aquí. Hoy ya nadie quiere estar aquí, a solas, sin los ojos de millones de voyeristas en las espaldas. Mentes y espíritus fragmentados, en constante y compulsivo zapping de todo están creando una realidad fragmentada, de yuxtaposiciones vertiginosas. ¿No llegaremos al punto de tener algún día que pagar por silencio, por espacios de intimidad? ¿Habrá islas donde no llegarán las cámaras, los celulares, internet, los satélites que quieren saberlo todo para controlarlo todo?
Esto que comenzó con la estupidez colectiva de jóvenes iletrados y narcisistas puede terminar en la devastación de la realidad. ¿Es que no han comenzado siempre así las grandes pesadillas de la historia?
Estamos a pasos del asesinato definitivo del misterio y del pudor... ¿Es que no han comenzado siempre así las grandes pesadillas de la historia?

El árbol seco


(A A. Tarkovski)
Un monje veía desde su ermita, en la cima de la colina más próxima, un árbol seco. Desde que llegó a ese lugar, lo primero que capturó su atención fue ese árbol como dejado de la mano de Dios, seco entre hermosos árboles encendidos en el otoño, cargados de hojas de la más variada gama de ocres, amarillos, rojos.

Pero no eran esos árboles florecidos, sino el irrecuperable árbol seco lo que echaba raíces en el corazón del monje. Lo miró tantas veces con tristeza, después de cada oración, y lo que al comienzo sólo era una distracción de sus arduas tareas habituales se transformó en una obsesión. Soñó varias veces con él: en uno de los sueños, se veía a sí mismo cuando niño, corriendo alrededor del árbol. Una noche vio en sueños al niño -él mismo- abrazar al árbol, y al árbol florecer en pleno otoño.

Al día siguiente, el monje pidió permiso a su superior para ir a regar el árbol seco. El superior era un hombre de edad, silencioso, taciturno; en su frente se notaban las marcas de tantos años de privación, oraciones y sequedad espiritual. Lo miró severamente y le dijo: "Ese árbol está definitivamente muerto, ya sería hora de que lo cortáramos para convertirlo en leña para el próximo invierno".

El monje le rogó que no lo hiciera. Le dijo que él estaba seguro de que podría hacerlo florecer si era constante en el riego, si sostenía su fe en su resurrección. El superior sonrió irónicamente y le dijo que había dentro del monasterio otras tareas más urgentes que la de regar un árbol seco, sin esperanzas. El monje tuvo que aceptar con resignación las implacables y duras palabras de su superior. En el invierno, inesperadamente, el superior enfermó gravemente y falleció en medio de dolores y una honda crisis de fe. Fue un duro golpe para todos: el anciano se llevaba a la tumba los secretos del arte de sobrevivir en las duras inclemencias de la vida monacal.

El nuevo superior tardó en llegar: era el tiempo de las iglesias vacías, de la crisis de vocaciones; la Iglesia, como un inmenso barco de quilla gastada por el mar, debía navegar en medio de implacables tempestades y muchas veces estaba a punto de zozobrar y hundirse, llevada al fondo de sí misma por su propio peso. Pero se sostenía como un barco ebrio, buscando un rumbo seguro en medio de la tormenta final.

Entonces, el monje decidió una mañana subir su primer cubo de agua a la cima del monte, para regar el árbol seco. Cuando vertió el agua por primera vez, sintió una paz y alegría inesperadas -como nunca había sentido en esos años de retiro-. Esa noche, el niño de sus sueños vino a abrazarlo, inundándolo de un gozo inefable.

Todos los días, todos los años, contra toda lógica, el monje fue subiendo los cubos de agua a la cima del monte, a pesar de las burlas de sus propios compañeros, que lo apodaban "el monje seco". Tal vez era el último en ese monasterio, en la Iglesia y en el mundo que todavía creía en que esos milagros eran posibles, contra toda evidencia. Por eso, una mañana, el esperado milagro se hizo realidad: el monje se dio cuenta de que por la noche las ramas secas habían florecido. Nadie se enteró de ese milagro, porque ya nadie miraba al árbol seco, ni él se lo contó a nadie.

Afortunadamente, el hecho no apareció en los diarios, no se transformó la colina en lugar de peregrinación, nadie instaló una ermita ni cobró entrada para ir a ver al árbol milagroso. Era un buen secreto guardado entre el monje y Dios, tal vez el último milagro, que yo ahora cuento, porque el hombre de nuestros tiempos ya dejó de creer en la fuerza de la fe, que antes movió montañas. Andrei, el monje, ya no existe, y con él tal vez se fue el último hombre de Occidente que creyó de verdad. Sólo un inmenso milagro podría salvarnos de nuestra razón devastadora y autónoma, que ha terminado por convertir la tierra en un desierto que avanza a la velocidad de la luz.