¿Reality o realidad?

Columna de Cristián Warnken.

Sin duda increíblemente cierto, léanlo y comenten.

Todo tiende a convertirse poco a poco en un reality . Primero fue la vida privada de jóvenes ansiosos de ser voyerizados. Los pioneros fueron los artistas de la fama. Los han seguido los políticos (ellos también convertidos hace tiempo ya en artistas de la fama), algunos militares, y ahora hasta a la historia de Chile se la quiere convertir en reality . Dentro de poco no quedará realidad, sino puro reality . Sí, porque éste no es la realidad, aunque quiera suplantarla o hacerse pasar por ella. El reality es el reflejo de un deseo profundo y ahora desbocado de hacer pública y visible la intimidad, la privacidad, lo que normalmente el hombre ha luchado por preservar de toda forma de espionaje o control. Ahora todo quiere ser "visto", mostrado, y estamos a pasos del asesinato definitivo del misterio y del pudor. Cuando el reality se haya apoderado de la realidad, muy pocos serán los que hayan preservado su intimidad y secretos intactos. La realidad colectiva será un gran festín narcisista en que nos devoraremos unos a otros, las imágenes proyectadas en el gran espejo narcisista de la Nada.
Pero el reality es sólo la punta del iceberg de una transformación mucho más radical, que terminará por modificar el paisaje humano más que cuanto el calentamiento global modificará el paisaje de la Tierra.
Me imagino la siguiente Utopía feroz: los últimos defensores de su propia intimidad huyendo de las ciudades y refugiándose lejos del alcance de las cámaras. Personas sin correo electrónico, no adscritas a Facebook, sin celular, desaparecidas para un mundo saturado de imágenes, mensajes de texto, reality sin fin. Ellos serán los "marginales" de La Gran Copucha cósmica a la que quedará reducido el mundo, el gran Ahora en que todos estaremos conectados al mismo tiempo, espiando por los millones de ojos virtuales disponibles las conversaciones más confidenciales, las idas al baño de los ídolos, los juegos íntimos bajo las sábanas de submentales convertidos de la noche a la mañana en referentes nacionales (e internacionales).
Ellos -los que se resistirán a estar "conectados" y en un reality - serán la última reserva de misterio y silencio. A ellos iremos a buscar cuando nos demos cuenta, tarde, de que hemos perdido el Aquí. Ese que -según los grandes sabios de todas las tradiciones- es el gran tesoro del hombre y su permanente conquista interior. Sí, porque el Ahora devorará el Aquí. Hoy ya podemos tener un primer atisbo de esto cuando el ringtone del celular interrumpe la conversación que estamos teniendo con alguien en ese instante. Cuando lo contestamos, hemos sacrificado un "aquí" por un "ahora" con alguien que está en otro lugar. ¿Por qué ese "aquí", único e irrepetible, debe ceder paso a la llamada invasiva, muchas veces sin importancia? El celular, que debiera ser un magnífico medio para comunicar urgencias, se ha transformado en nuestro carcelero al que pagamos una vez al mes elevadas cuentas para que nos quite la libertad de vivir con el tiempo y la pausa que se merecen los "aquí" de cada día.
El reality es el gran Auschwitz del Aquí. Hoy ya nadie quiere estar aquí, a solas, sin los ojos de millones de voyeristas en las espaldas. Mentes y espíritus fragmentados, en constante y compulsivo zapping de todo están creando una realidad fragmentada, de yuxtaposiciones vertiginosas. ¿No llegaremos al punto de tener algún día que pagar por silencio, por espacios de intimidad? ¿Habrá islas donde no llegarán las cámaras, los celulares, internet, los satélites que quieren saberlo todo para controlarlo todo?
Esto que comenzó con la estupidez colectiva de jóvenes iletrados y narcisistas puede terminar en la devastación de la realidad. ¿Es que no han comenzado siempre así las grandes pesadillas de la historia?
Estamos a pasos del asesinato definitivo del misterio y del pudor... ¿Es que no han comenzado siempre así las grandes pesadillas de la historia?

El árbol seco


(A A. Tarkovski)
Un monje veía desde su ermita, en la cima de la colina más próxima, un árbol seco. Desde que llegó a ese lugar, lo primero que capturó su atención fue ese árbol como dejado de la mano de Dios, seco entre hermosos árboles encendidos en el otoño, cargados de hojas de la más variada gama de ocres, amarillos, rojos.

Pero no eran esos árboles florecidos, sino el irrecuperable árbol seco lo que echaba raíces en el corazón del monje. Lo miró tantas veces con tristeza, después de cada oración, y lo que al comienzo sólo era una distracción de sus arduas tareas habituales se transformó en una obsesión. Soñó varias veces con él: en uno de los sueños, se veía a sí mismo cuando niño, corriendo alrededor del árbol. Una noche vio en sueños al niño -él mismo- abrazar al árbol, y al árbol florecer en pleno otoño.

Al día siguiente, el monje pidió permiso a su superior para ir a regar el árbol seco. El superior era un hombre de edad, silencioso, taciturno; en su frente se notaban las marcas de tantos años de privación, oraciones y sequedad espiritual. Lo miró severamente y le dijo: "Ese árbol está definitivamente muerto, ya sería hora de que lo cortáramos para convertirlo en leña para el próximo invierno".

El monje le rogó que no lo hiciera. Le dijo que él estaba seguro de que podría hacerlo florecer si era constante en el riego, si sostenía su fe en su resurrección. El superior sonrió irónicamente y le dijo que había dentro del monasterio otras tareas más urgentes que la de regar un árbol seco, sin esperanzas. El monje tuvo que aceptar con resignación las implacables y duras palabras de su superior. En el invierno, inesperadamente, el superior enfermó gravemente y falleció en medio de dolores y una honda crisis de fe. Fue un duro golpe para todos: el anciano se llevaba a la tumba los secretos del arte de sobrevivir en las duras inclemencias de la vida monacal.

El nuevo superior tardó en llegar: era el tiempo de las iglesias vacías, de la crisis de vocaciones; la Iglesia, como un inmenso barco de quilla gastada por el mar, debía navegar en medio de implacables tempestades y muchas veces estaba a punto de zozobrar y hundirse, llevada al fondo de sí misma por su propio peso. Pero se sostenía como un barco ebrio, buscando un rumbo seguro en medio de la tormenta final.

Entonces, el monje decidió una mañana subir su primer cubo de agua a la cima del monte, para regar el árbol seco. Cuando vertió el agua por primera vez, sintió una paz y alegría inesperadas -como nunca había sentido en esos años de retiro-. Esa noche, el niño de sus sueños vino a abrazarlo, inundándolo de un gozo inefable.

Todos los días, todos los años, contra toda lógica, el monje fue subiendo los cubos de agua a la cima del monte, a pesar de las burlas de sus propios compañeros, que lo apodaban "el monje seco". Tal vez era el último en ese monasterio, en la Iglesia y en el mundo que todavía creía en que esos milagros eran posibles, contra toda evidencia. Por eso, una mañana, el esperado milagro se hizo realidad: el monje se dio cuenta de que por la noche las ramas secas habían florecido. Nadie se enteró de ese milagro, porque ya nadie miraba al árbol seco, ni él se lo contó a nadie.

Afortunadamente, el hecho no apareció en los diarios, no se transformó la colina en lugar de peregrinación, nadie instaló una ermita ni cobró entrada para ir a ver al árbol milagroso. Era un buen secreto guardado entre el monje y Dios, tal vez el último milagro, que yo ahora cuento, porque el hombre de nuestros tiempos ya dejó de creer en la fuerza de la fe, que antes movió montañas. Andrei, el monje, ya no existe, y con él tal vez se fue el último hombre de Occidente que creyó de verdad. Sólo un inmenso milagro podría salvarnos de nuestra razón devastadora y autónoma, que ha terminado por convertir la tierra en un desierto que avanza a la velocidad de la luz.